Desde pequeños, desde muy pequeños, estamos acostumbrados a convivir con mitos. Con axiomas, proverbios, aforismos, dogmas... Algunos de ellos nos ayudan; otros, sin embargo, son más destructivos que lo que podríamos considerar en un primer momento.
Pensemos en la frase con la que concluían los cuentos infantiles: "Y fueron felices y comieron perdices".
Esta frase, tan aparentemente inofensiva y hasta "romántica" esconde mucho. Es una frase que nos llena de mentiras.
Miente, porque hace que la felicidad parezca un estado que sólo se alcanza tras haber luchado sin descanso en una pelea titánica durante mucho tiempo hasta alcanzar un "objetivo final".
Miente, porque hace ver la felicidad como un estado al que llegas y del que nunca más sales. Un sitio al que entras y cierras la puerta.
Miente, porque supone que para alcanzar la felicidad debes de conseguir una princesa y un castillo. Antes de eso no hay felicidad.
Miente, porque la felicidad está reservada a los protagonistas del cuento. El resto de personajes no entran en ese maravilloso "sitio".
Olvidémonos de la felicidad de los cuentos de hadas. Esa felicidad no existe; la felicidad no es el privilegio de unos pocos. La felicidad es nuestro derecho y el motor de nuestra vida. No permitamos que no lo arrebaten las luchas contra dragones.
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Carlos Díaz Pérez.
Psicólogo.
