La profesión de la psicología siempre ha sido criticada, casi desde sus inicios, por la gran cantidad de tiempo y esfuerzo que requiere para poder llegar a producir cambios significativos en la calidad de vida de las personas. Es una imagen común, en parte real y en parte popularizada por el cine y la televisión, el que un paciente acuda durante años al diván de su psicólogo, llegando casi hasta la eternidad. No es de extrañar que en algunos países latinoamericanos se bromee con el hecho de que en la vida se tienen dos cónyuges, el amoroso y el terapéutico.
Por ello, sobre todo a partir del auge de la psicología cognitivo-conductual, se ha puesto especial énfasis en encontrar modos de conseguir reducir la duración de las distintas terapias, así como los elevados costes que ello conlleva. Resultan ya bastante frecuente el uso de cuestionarios, entrevistas estructuradas, guías de observación, etc... que pretenden facilitar el diagnóstico, se han realizado grandes esfuerzos en encontrar nuevas formas de terapia breve y cada vez es más frecuente la intervención en grupos pequeños o incluso numerosos. De hecho se podría decir que se ha llegado a dedicar tanto esfuerzo investigador a ello como a la introducción de nuevas técnicas. Todo ello con un objetivo común: simplificar y reducir el gasto (monetario, pero también en tiempo) de la terapia.
No sería de extrañar, por tanto, que los psicólogos nos mostráramos receptivos a la introducción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las conocidas como TIC. Dicha tecnología nace como una forma de simplificar procesos y reducir la complejidad del trabajo, habiendo alcanzado una posición de dominio en la mayoría de ámbitos profesionales. Hoy día podemos realizar compras de billetes y entradas, consultar nuestras cuentas bancarias, realizar trámites, buscar trabajo, comunicarnos con clientes o presentar reclamaciones y todo ello a través de Internet. ¿Por qué entonces no poder recibir consejo o incluso una terapia por el mismo medio? A fin de cuentas, como decía antes, la psicología ha sido una disciplina con clara vocación hacía facilitar el acceso lo máximo posible a aquellas personas que la necesitaran. Y resulta evidente que el poder realizar consultas sin necesidad de transporte, sin el gasto de una consulta y con una oferta horaria mayor facilitaría el acceso a la ayuda psicológica de mucha gente para la que ahora es imposible.
No obstante la extensión de los medios informatizados no ha sido tan amplia como cabria esperar. Si bien es cierto que se ha incorporado el uso del ordenador, este normalmente se ha limitado a su uso como una herramienta más dentro de la terapia convencional (por ejemplo, simulaciones de viajes en avión para el inicio del tratamiento de la fobia a volar) e incluso en estos casos ha sido reducida. Como bien apuntaban Bornas, Rodrigo, Barceló y Toledo en su estudio realizado en el 2002, las nuevas tecnologías seguían sin utilizarse en el ámbito clínico, y esto a pesar de haber demostrado sobradamente su eficacia. Los principales argumentos que encontraban para poder explicarlo señalaban directamente a los psicólogos por su dificultad para el cambio y apego a lo ya conocido.
Sin embargo a finales de los noventa y principios de ésta década si parecía haber una cierta unanimidad sobre el que la terapia on-line y sus distintas variantes no sólo estaba cercana, sino que acabaría imponiéndose como una forma más de aplicación psicológica. Este idea venía animada principalmente por su crecimiento en los Estados Unidos (donde todavía sigue perfectamente vigente, con la existencia del ISMHO, la Sociedad Internacional para la Salud Mental Online como ejemplo más claro) y el auge que habían tenido distintos foros de auto-ayuda. Parecía cuestión de poco tiempo que multitud de psicólogos ofrecieran sus servicios por Internet, propiciando incluso debates sobre los límites éticos que debía tener. Un buen ejemplo de ello es el el artículo de Adolfo Jarne de 2001.
De la misma forma también aparecieron bastantes investigadores que abordaron el tema. Luis Valero Aguayo fue uno de ellos, publicando en 2003 un artículo sobre sus experiencias. En él además se hacía un interesante repaso de estudios anteriores, llegándose a la conclusión de que las terapias realizadas de forma virtual son igual de eficaces que las convencionales. Basta con leer las publicaciones de Schneider en 1995, 2000 y 2001 para comprobar que la terapia cara a cara, por conversación de voz o por videoconferencia era igual de eficaz para un gran variedad de trastornos (cabe decir que la actitud positiva del paciente hacía este tipo de tecnología parece resultar clave para el éxito de la intervención).
Entonces la pregunta que surge es: ¿por qué esta escasez de oferta psicológica on-line? ¿por qué el entusiasmo que existía sobre ella el comienzo del siglo XXI parece haberse disipado? Cómo hemos visto sus ventajas (mayor acceso, facilidad, comodidad...) son amplias, existen ya ciertas líneas éticas marcadas y su eficacia parece haber quedado probada. ¿Cuál es el problema entonces? Fernando Pérez del Rio en su artículo Terapia en los mundos virtuales (2008) parece situar el problema en nosotros, los propios psicólogos, que parecemos quedar en evidencia al no poder seguir el ímpetu que nos marca la evolución tecnológica.
Al final de ésta década nos encontramos, de nuevo igual al final de la anterior, ante la gran posibilidad de aprovechar los medios de los que disponemos para ofrecer una mejor ayuda, sobre todo más accesible, para aquel al que ahora mismo no conseguimos llegar. Es nuestra responsabilidad el poder aprovechar ésta oportunidad.
Javier Piris Alonso.
Fuentes Bibliográficas.
Bornas, X., Tomás, R., Barceló, F. y Toledo, M. (2002). Las nuevas tecnologías en la terapia cognitivo-conductual: una revisión. Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud, 2 (2), 533-541.
Jarne, A. (2001). Hacía un código deontológico de la intervención psicológica a través de Internet. Anuario de Psicología, 32 (2), 117-126.
Pérez del Río, F. (2008). Terapia en los mundos virtuales. Liberaddictus, 103, 17-21.
Valero Aguayo, L. (2003). El consejo psicológico a través de Internet: datos de una experiencia institucional. Apuntes de Psicología, 21 (1), 71-88.
